En Sciacca, Sicilia, hay una granja donde sobrevive un mundo imaginario y encantado, surgido de la mente de un hombre loco de amor. Entre olivos y almendros milenarios, decenas de estatuas observan al atónito visitante; están talladas en la roca, escondidas en los troncos, mudas. Es el loco grito de dolor lanzado por Filippo Bentivegna que, lacerado en su corazón y en su mente por un amor no correspondido, descargó su enfermedad en un arte impulsivo y brutal, inconsciente, petrificado. Observado por cientos de ojos sedientos de venganza, no puede evitar sentir un terror insano.