El fresco, pintado por Giacomo Borlone de Buschis entre 1484 y 1485, se inscribe en la corriente iconográfica de los triunfos de la muerte (o danzas macabras) tan populares en las zonas alpinas y franco-alemanas a partir de la Baja Edad Media. Estas representaciones servían de memento mori, es decir, de recordatorios visuales destinados a recordar la fugacidad de la vida y su ineludible derrota ante la llegada de la muerte. La iconografía es muy sencilla, precisamente porque el mensaje tenía que ser impactante e inmediatamente comprensible: no importa el rango social o la riqueza, nadie puede vencer a la muerte.De Buschis desarrolla su Triunfo en tres registros, todavía claramente visibles hoy. La primera ve a la Muerte en el centro, de pie sobre una tumba rota, representada como una gran reina. En la gran tumba yacen los cuerpos de papas y emperadores, rodeados de serpientes, sapos y escorpiones, emblemas del orgullo y la muerte súbita. Este recurso, así como las inscripciones de los pergaminos que sostiene en sus manos, reiteran una vez más el concepto: la muerte no perdona a nadie.