
La luz del faro del Castillo del Morro ha guiado a los marineros en la entrada de la bahía de La Habana desde 1844, año en el que la torre fue erigida sobre la fortaleza colonial española ya existente. Mirando hacia arriba desde la orilla, se distingue claramente la estructura cilíndrica de piedra caliza blanca que se destaca contra el cielo caribeño: alta aproximadamente 25 metros, la torre es visible a kilómetros de distancia y constituye uno de los perfiles más reconocibles de toda Cuba.

El castillo sobre el que se erige el faro — el Castillo de los Tres Reyes del Morro — fue construido entre 1589 y 1630 bajo el diseño del ingeniero militar italiano Giovanni Battista Antonelli, encargado por la Corona española de defender el puerto de los piratas y de los ataques enemigos. Siglos después, la adición del faro ha transformado esta estructura defensiva en un punto de referencia luminoso, tanto para los navegantes como para los visitantes que hoy suben hasta allí para admirar uno de los paisajes más intensos de La Habana.
La fortaleza y la torre: historia escrita en la piedra

Al caminar por las murallas del Castillo del Morro, se notan de inmediato las paredes gruesas de varios metros, construidas con bloques de piedra local trabajada a mano. Los cañones originales aún están posicionados en las terrazas que dan al mar: no son reproducciones, sino piezas auténticas que datan de la época colonial, y su presencia da una sensación inmediata de cuán estratégicamente vital era este lugar para el Imperio español. El foso que rodea parte de la fortaleza está hoy seco, pero su profundidad aún cuenta la función defensiva de toda la estructura.
El faro mismo, añadido en el siglo XIX, ha mantenido su función operativa durante décadas, antes de ser parcialmente modernizado. La linterna en la cima de la torre aún está activa, aunque los mecanismos originales a aceite han sido reemplazados con el tiempo. Subir los escalones internos de la torre —estrechos y empinados, como suele ocurrir en los faros históricos— requiere un poco de atención, pero el esfuerzo se ve inmediatamente recompensado por la vista que se abre en la cima.
El panorama al atardecer: La Habana vista desde arriba
El mejor momento para visitar el Castillo del Morro es sin duda el tarde, cuando el sol comienza a descender hacia el oeste y la luz dorada se derrama sobre la bahía. Desde aquí, la vista abarca toda la entrada del puerto y, al otro lado del agua, el perfil de La Habana Vieja: se reconocen las cúpulas y los campanarios del centro histórico, los colores pastel de los edificios coloniales y el malecón que se extiende hacia el este. Es una perspectiva que ningún punto dentro de la ciudad puede ofrecer, porque solo estando al otro lado de la bahía se puede ver La Habana como un conjunto coherente.
En las horas de la tarde, la ceremonia del Cañonazo de las 9 — el cañonazo disparado cada noche a las 21:00 desde la cercana Fortaleza de San Carlos de la Cabaña — añade un elemento sonoro y escenográfico a la experiencia. Los soldados en traje de época repiten un ritual que se remonta al periodo colonial, cuando el cañón señalaba el cierre de las puertas de la ciudad. Asistir a este momento está incluido en el recorrido de visita del área y sigue siendo uno de los espectáculos más auténticos que La Habana ofrece a los visitantes.
Cómo llegar e información práctica
El Castillo del Morro se encuentra en la península de Casablanca, al otro lado de la bahía respecto al centro histórico. La forma más característica de llegar es el ferry que sale del muelle de Luz, en el corazón de Habana Vieja: la travesía dura unos minutos y cuesta una cifra simbólica en pesos cubanos. Alternativamente, se puede tomar un taxi a través del túnel submarino que conecta las dos orillas, pero el ferry ya ofrece por sí mismo una bonita vista del puerto.
El billete de entrada al complejo del Morro-Cabaña — que incluye tanto el castillo con el faro como la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña — ronda alrededor de 6-8 CUP o equivalente para los turistas extranjeros, aunque los precios pueden variar. Conviene dedicar al menos dos-tres horas a toda el área, especialmente si se quiere asistir a la ceremonia del cañonazo. Llevar zapatos cómodos es esencial: los suelos de piedra de las fortalezas son irregulares y resbaladizos, y la subida a la torre del faro requiere un paso seguro. La mañana temprano es ideal para evitar el calor y los grupos organizados; la tarde, en cambio, es el momento adecuado para la luz y para el cañonazo.
Un símbolo que resiste al tiempo
Lo que más impacta, estando a los pies del faro del Castillo del Morro, es la continuidad: la misma piedra caliza que Antonelli hizo cortar en el siglo XVI aún sostiene la torre que en 1844 alguien decidió construir para iluminar el mar. Tres siglos de historia se superponen en pocos metros cuadrados, sin solución de continuidad. No es nostalgia, es arquitectura que simplemente ha continuado haciendo su trabajo.
La Habana es una ciudad que tiende a abrumar los sentidos con el ruido, los colores y la música. Venir aquí, a la otra orilla, significa ganarse un momento de distancia y de silencio relativo, desde el cual observar la ciudad con ojos diferentes. El faro no es solo un mirador: es el lugar desde donde se comprende la forma de La Habana, la manera en que se ha aferrado a la bahía durante cuatro siglos.
