
Desde la orilla de Rovinj, el ojo lo busca casi instintivamente: una torre blanca que emerge del mar abierto, sin muelles, sin bares, sin nada más alrededor. El faro de Sveti Ivan na pučini — que en croata significa literalmente «San Juan al largo» — se alza en un islote diminuto frente a la costa istriana, accesible solo por mar con embarcación privada o de alquiler. No hay un ferry de línea, no hay un billete que comprar: o se organiza uno mismo, o no se llega.

Esta inaccesibilidad es exactamente lo que hace que el lugar sea extraordinario. En una época en la que cada roca pintoresca del Adriático parece haber ganado una plataforma de baño y un quiosco de cócteles, Sveti Ivan na pučini permanece obstinadamente como es: roca, luz, viento y agua transparente hasta volverse casi incolora. Para quienes aman los faros no como decoración sino como arquitectura funcional con una historia concreta, este es un peregrinaje que vale la pena.
Historia y estructura del faro

El faro de Sveti Ivan na pučini fue construido en la segunda mitad del siglo XIX, durante el período de la administración austro-húngara que controlaba Istria y gran parte de la costa dálmata. El imperio austriaco invirtió sistemáticamente en la señalización marítima a lo largo de estas costas, y el faro de Rovinj en alta mar forma parte de esa política de seguridad naval que puntuó el Adriático oriental con torres blancas. La estructura es de piedra local, con la torre que se eleva aproximadamente quince metros sobre el nivel del islote, lo suficientemente alta como para ser visible a una distancia considerable en noches despejadas.
Al acercarse en barco, se nota de inmediato la simplicidad austera del edificio: la torre cilíndrica está acompañada por un cuerpo residencial bajo, que en su momento fue la vivienda del guardián del faro y su familia. Como muchos faros adriáticos, este también fue gestionado durante generaciones por familias que vivían en un aislamiento casi total, con suministros que llegaban periódicamente desde la tierra firme. Hoy en día, el faro está automatizado y no requiere presencia humana permanente, pero la estructura residencial aún es visible e íntegra.

El paisaje alrededor: agua, roca y silencio
El islote sobre el que se erige el faro es lo suficientemente pequeño como para poder circunnavegarlo en barco en pocos minutos. Las aguas alrededor son de una claridad que casi incomoda: se ve el fondo a profundidades que en otros lugares requerirían máscara y aletas. Los fondos rocosos del Adriático istriano, en esta zona, albergan una fauna marina aún rica, y no es raro ver bancos de peces moverse lentamente bajo la quilla de la embarcación.

La vegetación en la isla es escasa y resistente, como corresponde a un lugar azotado por el viento y la salinidad. No hay árboles altos, no hay sombras cómodas: solo matorral mediterráneo bajo, roca calcárea clara y el blanco de la torre que refleja la luz del sol. En días de bora —el viento nordeste típico de estas costas— el lugar adquiere una calidad casi dramática, con el mar que se agita y el faro que continúa impertérrito marcando su presencia.
Cómo llegar y consejos prácticos

Desde Rovinj, la forma más sencilla de llegar a Sveti Ivan na pučini es alquilar una embarcación en el puerto de la ciudad — las opciones van desde los botes sin licencia para distancias cortas hasta los yates con capitán. La travesía requiere un tiempo variable dependiendo del medio, pero en condiciones normales se trata de pocos kilómetros desde el puerto de Rovinj. Algunas agencias locales ofrecen excursiones privadas bajo petición, a menudo combinando el faro con otras islitas de la zona.
El mejor momento para la visita es por la mañana temprano en verano, cuando la luz aún es oblicua y el mar tiende a estar más tranquilo. De julio a agosto, el tráfico náutico en la zona aumenta considerablemente, por lo que quienes prefieren encontrar la islita desierta deberían optar por junio o septiembre. Llevar agua y comida es indispensable: no hay ningún servicio en la isla. Calzado con suela antideslizante es útil para moverse por las rocas costeras. Finalmente, siempre verificar las previsiones meteorológicas antes de partir: el mar abierto cambia rápidamente, y una excursión placentera puede volverse complicada con viento sostenido.
Por qué vale la pena el viaje
Hay lugares que funcionan por contraste: Sveti Ivan na pučini vale sobre todo porque no ofrece nada de lo que se espera de un destino turístico. Ninguna explicación, ningún camino marcado, ninguna estructura de acogida. Solo un faro que ha hecho su trabajo durante más de un siglo, una isla que no se ha dejado domesticar, y un mar que en ciertos momentos del día adquiere colores que parecen casi irreales.
Para quienes llegan de Rovinj —ya de por sí una de las ciudades más fotogénicas de Istria, con su campanario veneciano y las casas de color ocre que descienden hacia el puerto— el faro en alta mar representa un apéndice inesperado: un punto fijo en el horizonte que invita a salir de la tierra firme y a recordar que el Adriático, a pocos minutos de la orilla, aún puede sorprender.
