Escondido detrás de la Lagoa Rodrigo de Freitas y la playa de Ipanema, el sombreado Jardim Botânico de Río de Janeiro ofrece un remanso de paz del sudoroso ajetreo urbano. Fundado por el Príncipe Regente Joao en 1808 como depósito temporal para que las plantas importadas se aclimataran al trópico, los jardines se reservaron para la aristocracia hasta que se abrieron al público tras la Proclamación de la República en 1889. Las plantas se agrupan en zonas diferenciadas unidas por caminos de grava e intercaladas con arroyos y cascadas. Los jardines han dado nombre al barrio que los rodea, que cuenta con excelentes restaurantes, bares y discotecas.