Según la historia cristiana, Santiago llegó a la Península Ibérica tras la muerte de Jesús, cuando los Apóstoles recorrían el mundo para predicar su palabra. Más tarde, quizá decepcionado por el escaso éxito de su labor pastoral, regresa a Palestina, donde encuentra el martirio y la muerte. Cuenta la leyenda que sus fieles discípulos embarcaron el cuerpo decapitado del Apóstol en una nave sin tripulación pero que, guiada por un ángel, llegó a las costas de Galicia. Tras diversas vicisitudes, el Santo fue enterrado en el lugar en el que, unos siglos más tarde, se levantaría la Catedral de Santiago de Compostela: el Obraidoro, una de las obras más majestuosas de la arquitectura cristiana y destino ininterrumpido de peregrinación durante más de un milenio. También es cierto que hoy la ciudad es la capital administrativa de la comunidad autónoma de Galicia y sede de una universidad. A la vida espiritual, por tanto, se suma una intensa vida cultural y una oferta de ocio comparable a la de cualquier otra gran ciudad española. Los peregrinos son una imagen habitual en Compostela. Según la iconografía tradicional, caminan con el bastón y la concha, símbolo de la peregrinación, colgando del cuello. La mayoría de ellos llegan a Santiago después de un viaje de cientos de kilómetros a pie, una ruta que también puede hacerse a caballo o en bicicleta.