Tomar un culín es una de las acciones más típicas del español en su tiempo libre. También lo es de muchos visitantes de nuestra comunidad. Es un acto social, lleno de formas cercanas al rito y con el único objetivo o propósito de conversar, a veces incluso disparatar o cachondearse en un chigre o bar al uso. Todo esto sucede más comúnmente en las llamadas sidrerías, que a lo largo de los años han ido ocupando un lugar privilegiado en el ocio asturiano, dando espacio físico concreto al arte del escanciado y la animosidad. Como locales de consumo de sidra, suelen amontonar en su interior un buen número de cajas de sidra para que no decaiga, pero también cuentan con los aperitivos que mejor le vienen al líquido asturiano y la decoración más característica. En cualquier caso se puede tomar sidra en cualquier lugar, y suele abundar en fiestas y romerías, paseos campestres y eventos de todo tipo que se celebran al aire libre. Es sabido que tomar culinos en exceso puede conducir a una cierta embriaguez, leve o sustanciosa, porque a pesar de su baja graduación alcohólica, la sidra tiene la chispa necesaria para que, animados por la conversación y el bullicio del vaso circulando de mano en mano, alcancemos un alto grado de armonía con el entorno y las observaciones de nuestros compañeros. También llegan, si se precia, las típicas exaltaciones de la amistad, alguna canción popular... Si hay gaitas de por medio, mucho mejor sabe la sidra y mejor se pasa. Además de ser amiga de los cócteles y la diversión festiva, la sidra es un condimento especial para muchas recetas regionales, y también una compañera única en la mesa. Hay un buen número de platos asturianos que sin ella pierden su razón de ser. Es en ciertas sidrerías de inmejorable ambiente y cargadas hasta los topes donde solemos tropezar con la picardía que suele acompañar a estas reuniones populares. Todo está lleno de gente, botellas verdes, corchos, serrín en el suelo, bandejas con nécoras, percebes o tortilla de patatas. En las paredes suelen colgarse carteles con algún que otro lema legendario que se atribuye a la sidra, y a quienes la beben, poderes mágicos o, al menos, el don de la alegría: El que embarra dos pucheres se quedó con una pascua, falatible y gayasperu, sin cuartel ninguna semana. Y no pienses: lo que solo enriquez al que faga, regala al que no tiene y horros y casos levanta. Si hiciéramos un poco de historia veríamos que la sidra no es un asunto menor. El cultivo del manzano en Asturias se remonta a la época de los Astures, aunque es cierto que los términos pomar o pumares tienen su origen en la época romana. A lo largo de la Edad Media, es constante la mención del término pomares, así como las dicotaciones manzana, manzano, pumares, pomífero, etc, nombres todos ellos que, con su extensión, no dieron más importancia específica a la manzana en Asturias, que pronto fue conocida fuera de su territorio natural. Desde la Edad Media hasta la actualidad, la manzana protagoniza una continua expansión del cultivo, desplazando a otros frutales, como los cítricos y algunos cereales, cuyo cultivo fue básico en la región hasta el siglo XIX. En los últimos años el cultivo ha mejorado mucho, con el estudio insitu de los problemas que afectan al manzano autóctono y con ayudas y subvenciones por fondo perdido para los agricultores que quieran dedicarse a esta actividad. El último impulso dado a la sidra, pasa por el debate de convertirla en un producto con denominación de origen. Para ello, últimamente todas las botellas presentan un etiquetado del productor que garantiza una mayor calidad. También se puede conocer un poco más la historia de la sidra, acercarse a sus virtudes, experimentar su consumo y recrear el ambiente del molinete en el Museo de la Sidra de Nava, localidad que también resulta ser uno de los mayores centros sidreros del Principado.