La belleza de Toledo se puede ver tan pronto como se prepara para cruzar la Puerta de la Bisagra, una de las más magníficas y mejor conservadas puertas del corazón medieval, que muestra los escudos que cuentan la historia de la ciudad. A partir de aquí, la carretera principal sube por la colina, cruzando la Puerta del Sol en estilo mudéjar, ofreciendo numerosas paradas, entre ellas la Mezquita del Cristo de la Luz, nombre muy contrastado que da testimonio de la transformación religiosa sufrida, pasando de la mezquita a la iglesia mudéjar, mientras que el Mirador ofrece una primera muestra de la belleza del paisaje circundante y el antiguo puente de Alcántara, enteramente de piedra y dominado por torres. Al final de la subida se llega a la Plaza Zocodover, una plaza porticada que representa el alma de la ciudad y donde se celebraba el antiguo mercado en la época árabe. Un poco más adelante, se llama la atención sobre la autoritaria construcción del Alcázar, la fortaleza desde la que el emperador Carlos V de Habsburgo dominó un imperio sobre el que nunca se puso el sol. Desde la plaza y las calles adyacentes, perpetuamente invadidas por los turistas y la confusión, se ramifica una miríada de callejones todos por descubrir, entre un silencio surrealista y vislumbres de la vida cotidiana, con pequeñas tiendas de artesanía y casas con ventanas cerradas por rejas y puertas macizas. La Calle del Commercio es una de las pocas calles lineales que corta la ciudad en dos, interrumpida por la espléndida Plaza de la Catedral con su extraordinaria Catedral. Es difícil imaginar que entre los estrechos espacios del centro se pueda esconder un edificio similar e imponente, tan estrecho entre los demás edificios que es casi imposible admirarlo en su conjunto. Fácilmente visible desde todos los rincones de la ciudad es en cambio el campanario, con la enorme campana que por su tamaño se llama "la gorda". En cuanto a los demás edificios religiosos, la Catedral también se ve afectada por los diferentes estilos arquitectónicos, ofreciendo una infinidad de obras maestras que van desde el gótico al mudéjar y el esplendor barroco de la Capilla Mayor, así como soberbias obras de arte de El Greco, Tiziano y Goya. Pasando la iglesia de Santo Tomé con su magnífica torre mudéjar y el convento franciscano de San Juan de los Reyes, fundado a instancias de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, se entra en la Judeira, el antiguo barrio judío donde empieza otro Toledo, el de las antiguas sinagogas, de inscripciones judías y la finura del arte mudéjar, un estilo cristiano que incorpora elementos de inspiración árabe, concebido por aquellos musulmanes que se quedaron a vivir en la península ibérica conquistada por los cristianos a los que se les permitió, durante un corto período, mantener su cultura, idioma y religión.