Inacabada, es sin duda la obra más desgarradora del escultor. Es la última que puso en práctica hasta unos días antes de su muerte, a los 89 años. Miguel Ángel la había comenzado 12 años antes, hacia 1552, y luego la abandonó. Cuando lo retomó en 1563, rompió el primer cuerpo de Cristo -de esta primera versión conservamos un brazo desprendido del bloque principal- para esculpirlo, con una intuición sublime, en el propio cuerpo de la Virgen, como si ésta lo engendrara de nuevo para darle su muerte espiritual. De ahí la fusión total y conmovedora de madre e hijo, en la que parece casi imposible saber cuál de los dos lleva al otro. La Piedad Rondanini llama la atención no sólo por la audacia de su concepción, sino sobre todo por su total ruptura con la estética estrictamente renacentista de la Piedad de Roma. Con más de medio siglo de diferencia y en los dos extremos de la vida del artista, las dos obras recuerdan y se complementan. De una a otra, de la luminosa serenidad de la primera a la patética desnudez de la segunda, se nos ofrece, con una rara densidad, el arco de una existencia, el fascinante viaje de un genio extraordinario, que transformó radicalmente al hombre de fe profunda y al artista visionario. La obra se expone en el Castello Sforzesco de Milán