Se trata de un pan noble elaborado a partir de una receta que se remonta a la Edad Media, típica de las estribaciones de Bocca di Valle y Guardiagrele. El pan se elabora tanto en forma de flor como en forma de pan redondo, con un peso de 500 g o 1 kg. La masa es una compleja mezcla de harinas: superfina, integral, de maíz, de avena, de cebada, de mijo y de centeno, con semillas de sésamo, aceite de oliva virgen extra, queso, agua, sal, levadura de cultivo y una pequeña cantidad de levadura de cerveza. Esta combinación de ingredientes da a este antiguo y noble pan su particular aroma picante. La cocción comienza a última hora de la tarde, mezclando y amasando a mano las distintas harinas, añadiendo la levadura, el agua, la sal, el queso y el aceite. La masa se deja subir durante la noche y a la mañana siguiente se trabaja y se le da forma. El pan se deja leudar durante media hora más y luego se hornea a 200°C durante una hora y 20 minutos aproximadamente. La corteza es de color marrón avellana con un matiz ámbar, y está ligeramente rayada en la superficie, no se desmorona al cortarla, tiene un interior suave y esponjoso con un picado regular. Si se almacena en bolsas de tela o de papel, aguanta unos cuatro días sin perder su sabor ni su suavidad. Tradicionalmente se dice que las distintas harinas utilizadas en la masa sirven para probar los antiguos orígenes del pan. Su principal característica, entonces como ahora, es que es especialmente sustancioso y tiene una buena conservación. Por ello, era muy apreciado por las poblaciones locales del piedemonte, cuyo principal empleo era la fabricación de carbón vegetal, y el trabajo pesado se llevaba a cabo en los bosques, lo que exigía largas temporadas lejos de las zonas habitadas.