Al amanecer, incluso antes de que el sol salga sobre la copa de los árboles, el rugido de los monos aulladores resuena entre las pirámides de Tikal como una alarma primordial. No es un sonido que se espera en un sitio arqueológico: es visceral, profundo, casi prehistórico. Luego llega la luz, y con ella el canto superpuesto de decenas de especies de aves que habitan el Parque Nacional de Tikal, en la región del Petén en Guatemala, un área protegida de aproximadamente 576 kilómetros cuadrados que alberga uno de los sitios mayas más significativos de América Central.
Tikal fue habitada al menos desde el 900 a.C., pero alcanzó su apogeo entre los siglos III y IX d.C., cuando era una de las ciudades-estado mayas más poderosas de la región, con una población estimada entre 60,000 y 90,000 habitantes. Hoy lo que queda no es solo piedra: es un ecosistema íntegro donde ruinas y selva tropical se entrelazan de tal manera que separarlas parece imposible. Las raíces de los árboles envuelven las paredes, los coatí caminan entre los turistas, y los tucanes de picos coloridos sobrevuelan las cimas de las pirámides.
Salir sobre la jungla: las pirámides como observadores naturales
El momento más extraordinario en Tikal no es contemplar las pirámides desde abajo, sino subir a ellas y mirar hacia afuera. El Templo IV, el más alto del sitio con sus 65 metros, permite emerger literalmente sobre la canopia de la selva tropical. Desde esa plataforma se ven las cimas de otros templos que surgen entre el verde, una escena que muchos recuerdan como una de las más sugestivas del viaje. No hay barandillas modernas que arruinen la perspectiva: solo piedra antigua y jungla a pérdida de vista.
El Templo I, también llamado Templo del Gran Jaguar, se erige sobre la Gran Plaza con sus 47 metros y fue construido alrededor del 732 d.C. como mausoleo del soberano Jasaw Chan K'awiil I. Hoy en día, la escalada al Templo I está prohibida por razones de conservación, pero subir al Templo II de enfrente ofrece de todos modos una vista directa de la fachada principal. Desde arriba se observan las estelas esculpidas en la plaza y los movimientos de los animales que habitan las áreas circundantes sin preocuparse por los visitantes.
Biodiversidad: la otra razón para venir aquí
El parque alberga más de 300 especies de aves, incluyendo el tucán de pecho amarillo (Ramphastos sulfuratus), fácilmente observable en las horas de la mañana en las copas de los árboles más altos. Los monos araña (Ateles geoffroyi) se mueven en grupos entre las ramas sobre los senderos, a menudo visibles a simple vista sin necesidad de binoculares. Los coatí, similares a mapaches con el hocico alargado, deambulan libremente por las áreas de picnic en busca de comida.
Para quienes tienen paciencia y silencio, los senderos menos transitados del parque — como aquellos que conducen al Grupo H o a las estructuras menos restauradas de la periferia — ofrecen avistamientos más raros: armadillos, faisanes ocelados y, con mucha suerte, el paso de un tapir en las horas crepusculares. La selva de Tikal está clasificada como selva tropical húmeda, con árboles como el ceiba (Ceiba pentandra), considerado sagrado por los mayas y aún presente en abundancia en el parque.
El sonido del bosque al atardecer
Si el amanecer es el momento de los cantos de los pájaros, el atardecer pertenece a los monos aulladores. Su grito, producido por un hueso hioides agrandado que actúa como caja de resonancia, puede ser escuchado hasta a 5 kilómetros de distancia en el bosque. Escucharlo mientras se camina entre las ruinas al caer el sol es una experiencia que ninguna fotografía puede capturar. El parque ofrece la posibilidad de pernoctar en su interior, en los hoteles Jaguar Inn y Jungle Lodge situados cerca de la entrada, y quienes lo hacen pueden disfrutar de las horas nocturnas cuando los turistas diurnos se han ido.
La luz tardía de la tarde ilumina las piedras color miel de las pirámides de manera diferente a la del mediodía, revelando detalles en las esculturas y en los relieves que la luz directa aplana. Es el momento en que Tikal deja de parecer un sitio para visitar y se convierte simplemente en un lugar para estar.
Información práctica para la visita
El parque se encuentra a aproximadamente 65 kilómetros de Flores, la ciudad más cercana con aeropuerto, accesible en aproximadamente una hora y media en autobús o transporte. La entrada cuesta aproximadamente 150 quetzales (alrededor de 18 euros), con tarifas separadas para la entrada al amanecer o al atardecer. El mejor horario para la visita es entre las 6 y las 9 de la mañana: la temperatura es soportable, la luz es excelente para la fotografía y la fauna está mucho más activa. Llevar repelente para insectos es indispensable, así como zapatos cerrados y abundante agua. Los senderos no siempre están bien señalizados: confiar en un guía local permite descubrir estructuras fuera de los caminos principales e identificar a los animales con mayor precisión.