Su origen está probablemente vinculado a los longobardos, que fortificaron la fortaleza hacia el siglo V/VI. Más tarde pasó por los suevos, los angevinos y los aragoneses, y poco a poco la estructura fue adquiriendo un aspecto más elaborado. Posteriormente perteneció a las familias Caraffa, De Corvis, Nanni y Nanni-Croce, que mantuvieron el castillo desde 1806 hasta 1980, cuando lo donaron al municipio. La mansión ha sido remodelada y restaurada a lo largo de los siglos; la configuración actual es el resultado de importantes obras finalizadas en 1996. El trazado que aún domina el complejo se remonta a la época angevina-aragonesa (siglo XV) con evidentes estratificaciones de varias épocas. El castillo se caracteriza por una planta irregular y articulada que sigue el curso del espolón rocoso sobre el que está encaramado y está encerrado entre poderosos muros apoyados en el acantilado. Se accede a la fortaleza subiendo un largo tramo de escaleras que conducen al puente levadizo y luego a la puerta, de roble macizo. Al entrar en el vestíbulo, cuyo suelo es de ladrillos dispuestos en forma de espiga, se advierte inmediatamente la torre de centinela. Si se sigue subiendo por las escaleras, que atraviesan varias salas rectangulares, se llega a la torre de la prisión, luego a la torre angevina, a la sala de la iglesia, a la torre de vigilancia y, continuando por el pasillo, se llega al portal. Una visita realmente única y emocionante que revive el encanto del mundo medieval. En la actualidad, el castillo también se utiliza como espacio de exposiciones y acoge actos culturales, incluso al aire libre.