Los visitantes que llegan al Jardín de Ninfa se sumergen en una realidad incontaminada en la que muchos escritores, por citar a Virgina Woolf, Truman Capote, Ungaretti, Moravia, encontraron inspiración para sus creaciones, un verdadero salón literario. La antigua ciudad, donde hoy se encuentra el oasis, tuvo una vida agitada: a menudo disputada por varias familias, fue destruida y reconstruida varias veces. En 1298 fue comprado por la familia Caetani y durante cien años se lo disputaron entre ellos y los Borgia. A finales del siglo XIV comenzó el declive de la ciudad, principalmente debido a la malaria.
Sólo a finales del siglo XIX la familia Caetani volvió a sus posesiones: recuperó las marismas, arrancó la mayor parte de la maleza que cubría las ruinas, plantó los primeros cipreses, encinas, hayas y rosas en gran número, y restauró algunas de las ruinas, creando un jardín de aspecto romántico de estilo anglosajón.
Hacia 1930, gracias a la sensibilidad de Marguerite Chapin y, más tarde, de su hija Leila, el jardín empezó a adquirir el encanto que lo distingue hoy: desde entonces, la creación del parque se guió sobre todo por la sensibilidad y el sentimiento, siguiendo una dirección libre, espontánea e informal, sin una geometría establecida. Hoy, el oasis parece una pintoresca ruina con restos de un castillo, palacios, iglesias y campanarios medievales, todo ello abrazado por una rica vegetación. De la montaña fluyen abundantes arroyos que forman un pequeño lago. La visita es especialmente agradable en abril y mayo, cuando la floración está en su apogeo.