El Teatro alla Scala es ciertamente uno de los monumentos que constituyen y caracterizan el rostro de la ciudad de Milán. Construido en su forma actual a finales del siglo XVIII para reemplazar el antiguo teatro que se había quemado en un incendio, la obra de la nueva construcción tomó forma bajo la hábil mano del arquitecto de la corte de los Habsburgo Giuseppe Piermarini, convirtiéndose en uno de los ejemplos más perfectos de la estética neoclásica. El Teatro alla Scala era una extraordinaria máquina polivalente: en su interior había cocinas para servir la cena a los espectadores, pero también existía la posibilidad de inundar la platea para recrear espectáculos de batallas navales. El Museo del Teatro de la Scala recoge innumerables testimonios de los tres siglos de vida del gran templo de la ópera, desde dibujos y bocetos hasta el siglo XX.
Los instrumentos musicales, las pinturas, los accesorios de la comedia del arte, los vestidos y los recuerdos giran en torno a los grandes espectáculos históricos y a las figuras de los grandes protagonistas del Teatro alla Scala: Giuseppe Verdi, cuya máscara funeraria y yeso de su mano derecha se conservan en el Museo, así como los recuerdos de la Casa de Reposo de los Músicos que fundó, Eleonora Duse, Giuditta Pasta, Giacomo Puccini, Arturo Toscanini y muchos otros.