Los Museos de San Domenico, alojados en el antiguo emplazamiento de una iglesia desconsagrada del siglo XIII, con claustros renovados y admirables frescos, representan la síntesis perfecta de hospitalidad y practicidad. No es casualidad que en los últimos años las salas de Forlì hayan acogido exposiciones de arte de renombre internacional, desde Silvestro Lega y los Macchiaioli, hasta la fotografía de Elliot Ewitt o McCurry, pasando por exposiciones temáticas sobre el Art Déco y el Art Nouveau. El complejo museístico consta de cinco edificios: el Palacio Pasquali, la Iglesia de San Giacomo Apostolo, el Convento de los Dominicos, el Convento de los Agustinos y la Sala de Santa Caterina. Alberga la Galería de Arte Cívico de Forlì. En la pared noreste del Refectorio hay un fresco muy interesante dividido en tres escenas por elementos arquitectónicos. La escena central representa la Crucifixión en presencia de la Virgen, María Magdalena, San Juan Evangelista y el cliente. Las dos escenas laterales ilustran dos acontecimientos especialmente significativos en la vida de Santo Domingo: a la izquierda, la aparición de los santos Pedro y Pablo, que entregan a Santo Domingo el báculo y el libro de los Evangelios, mientras ve a sus hermanos salir a evangelizar el mundo; a la derecha, Santo Domingo resucita al joven Napoleone Orsini, que se ha caído del caballo. Un documento de 1520 atribuye su ejecución a Girolamo Ugolini, hijo de Marco Antonio Argentiere. En la pared suroeste, se ha sacado a la luz otra pintura mural que estaba cubierta por muchas capas de yeso. Una arquitectura tripartita constituye el telón de fondo de un acontecimiento milagroso en la vida de Santo Domingo: el milagro de los panes, tema favorito de los dominicos para decorar los refectorios como alternativa a la Última Cena. La paleta ecléctica, la predilección por los tonos brillantes y los efectos iridiscentes, así como las elecciones y soluciones iconográficas adoptadas, dan testimonio de la cultura artística policéntrica de la zona de Forlí, que en el siglo XVI giraba entre los arcaísmos neoquinistas y las innovaciones derivadas de la gran manera consolidada en Roma por Miguel Ángel y Rafael.