El espectáculo es, cuando menos, evocador, y la referencia inmediata al ciclo bretón del Rey Arturo y la "espada en la piedra" sugiere un parecido que no es casual. Galgano era un joven caballero, nacido en 1147 a pocos kilómetros de Siena. Cuenta la leyenda que una noche el Arcángel Miguel se le apareció a Galgano y le guió por un camino estrecho e intransitable hasta la colina de Montesiepi, donde finalmente fue recibido por los doce Apóstoles frente a un templo de forma redonda. Galgano interpretó esta visión como un signo de la voluntad divina y, tiempo después, haría de aquel lugar aislado el sitio de su nueva y definitiva morada de ermitaño: se dirigió a la colina de Montesiepi, abandonó su túnica de caballero y clavó su espada en una roca, para hacer con ella una cruz. Esa espada sigue ahí, desde hace más de ochocientos años, como símbolo de la conversión incorruptible.
Además del asombro y la fascinación que infunde, hay otro aspecto, tal vez más atractivo, que se puede captar en esa extraordinaria reliquia: la posibilidad de que el mito de la "espada en la piedra", famoso por estar vinculado a la saga bretona del rey Arturo, naciera en realidad en Toscana, se exportara desde allí a Francia y se injertara después en el ciclo artúrico. Varios factores hacen que esta hipótesis sea plausible: tanto la abadía cisterciense como la capilla dedicada a Galgano son coetáneas al descubrimiento de la presunta tumba de Arturo en Glastonbury, descubrimiento que tuvo mucha resonancia en toda Europa. Queda por descubrir si estos monjes "impusieron" el eco de las acciones míticas de Arturo en la Toscana y, por tanto, si el gesto de Galgano pretendía emular el artúrico, repetido, aunque a la inversa, o si, más bien, no trasladaron a Bretaña una imagen nacida a orillas del mar Tirreno, en el corazón de la Toscana. El hecho es que, al menos en Europa, que yo sepa, sólo hay una espada en la piedra.